La política y la familia
El acceso de Rodrigo al trono papal había introducido en sus planes un elemento nuevo: los matrimonios de sus hijos ya no podían orientarse sólo a satisfacer sus intereses familiares –como hasta entonces–, sino que debían contemplar también la salvaguarda de los Estados Pontificios, los dominios de la Iglesia en suelo itálico, amenazados tanto por la intervención de Francia como por la de la monarquía hispánica de los Reyes Católicos.
Así, entre 1493 y 1494, el pontífice selló tres importantes alianzas mediante otros tantos matrimonios: el de Joan, duque de Gandía, con la prima del rey Fernando el Católico, comprometido desde hacía años; el de Lucrecia con Giovanni Sforza, pariente del todopoderoso duque de Milán, y el de Jofré con Sancha, hija natural del rey Alfonso II de Nápoles (pariente a su vez de Fernando el Católico). Pese a la rotunda oposición del papa, el rey francés invadió Italia en 1494 con la ayuda del duque de Milán, lo que al cabo de tres años tuvo como consecuencia la anulación del matrimonio de Lucrecia con Sforza y su posterior casamiento con Alfonso de Aragón, hermano de Sancha, reforzando la alianza napolitana del papa.
Pero en aquella etapa turbulenta e inestable, nuevos avatares políticos indujeron a César a abandonar la carrera eclesiástica y, de acuerdo con su padre, a casarse con una hermana del rey de Navarra, pariente del monarca francés. Esta nueva alianza chocaba con los intereses del rey de Nápoles y de sus parientes, los Reyes Católicos, creando graves tensiones en el seno de la propia familia Borgia entre Lucrecia y su hermano César, como veremos. El tercer matrimonio de Lucrecia, con el futuro duque de Ferrara, escapó a ese círculo de tensión entre Francia, Aragón y Nápoles, y satisfizo los intereses de todos: del papa, de César y de la propia hija del pontífice.